El poder de Dios
El poder de Dios
Muchos hombres están, por naturaleza, llenos de recursos y habilidades. Nos impresionamos fácilmente con esta clase de hombres, creyendo que sus grandes capacidades intelectuales y expresivas los convierten en las personas más adecuadas para desempeñar el ministerio de la palabra en la iglesia. Pero esta concepción tiene su origen en un profundo desconocimiento de la naturaleza humana y de los caminos de Dios en sus tratos con ella. El apóstol Pablo nos habla de esto en los primeros capítulos de su primera carta a los corintios.
La ciudad de Corinto estaba situada en el corazón de la antigua Grecia, cuna de la filosofía y el pensamiento occidentales. Debido a su cultura griega, los corintios tenían en alta estima las habilidades intelectuales y oratorias. Pablo resume dicha actitud con la expresión: “los griegos buscan sabiduría” (1Co. 1:22); y a continuación les muestra el notable contraste que existe entre la sabiduría humana y la sabiduría que viene de Dios. La piedra de toque que las separa con un abismo infranqueable, les explica, es la cruz de Cristo.
Las palabras enseñadas por la sabiduría humana son débiles, vacías y carentes de poder alguno. Las palabras que enseña el Espíritu están llenas de vida y poder. Edifican, liberan, transforman y convencen más allá de los argumentos y la elocuencia expresiva. Son palabras que nacen de la cruz. No están, por lo mismo, hechas de profundos pensamientos, brillantes ideas y vastas concepciones humanas. Por el contrario, han surgido en medio de la debilidad, la incompetencia, y el temblor del hombre que las comunica. Aún más, es precisamente la incompetencia de dicho instrumento lo que permite la manifestación del poder de Dios. Esta es la paradoja que encierra el ministerio de la Palabra.
Arribamos así a un importante principio: antes de confiar sus palabras a un hombre, Dios lo prepara por medio de la obra quebrantadora de la Cruz. Pues un hombre que no ha experimentado dicha obra no está capacitado para recibir las palabras de Dios.
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